Suministros del sistema

N. Lygeros

Traducción al español de Eduardo Lucena González y Olga Raptopoulou




En 1933 en Ucrania nacieron niños sin padres. Eran los niños de la muerte. No tenían futuro. Ya no había necesidad. La necesidad eran los propios niños. Sus vientres hinchados mostraban por sí mismos que eran niños de clase. No deberían haber existido. Eran los errores del sistema que no aceptaba errores. Eran bocas abiertas con ojos cerrados. No querían ver el mundo del sistema en el que su único derecho sería dar a luz a la muerte. No se atrevían a hablar; lo suministraba todo el sistema, incluso el hambre. Cuando las madres corrían con sus hijos sobre sus hombros en busca de comida no había nada. El hambre pertenecía a los servicios del sistema. Y cuando las madres caían agotadas con sus hijos clavados en la espalda, el sistema había previsto que los hijos nunca abandonan a sus madres. Así, los niños y especialmente los bebés, atados como estaban a su espalda, iban muriendo y seguían a su madre en la muerte tal y como lo quería el sistema. Por supuesto cuando la vida resistía, porque no había entendido cómo funcionaba el sistema, existía siempre el recurso último de una bala en la cabeza. En el sistema de Stalin todo ciudadano tenía los mismos derechos y tenía que sentar la cabeza. La bala era la solución más rápida a los casos difíciles. Cada ciudadano tenía derecho a la misma bala. El sistema –para el bien de los seres humanos– no permitía ninguna injusticia ni desigualdad. La preparación de 1932 había tenido un gran rendimiento pero el 1933 superó todas las expectativas. Cada día morían 25000 personas. Era una nueva forma de cosecha. Ya no había trigo, pero por suerte las personas estaban dispuestas a sacrificarse por el sistema. Sabían qué preocupaciones tenía papá cuando el sistema no rendía. Y era lógico, puesto que con tantas prestaciones del sistema sería inconcebible que la gente no se muriera tan pronto. En Ucrania no había buenos alumnos en el campo de la barbarie y el sistema se vio obligado a suministrarles cursos intensivos para que comprendieran las funciones básicas. Se vio obligado a explicarles que tenían que comerse entre ellos para que no hubiera fricción alguna y mal funcionamiento en el sistema. Sin embargo, los seres humanos resistieron de nuevo. El sistema, tratando de ayudarles, explicó al ejército que ellos carecían de cualquier rastro de compasión y que todo era posible. Entonces las cosas fueron mejor. La metodología del sistema de Stalin obtuvo por fin su debido rendimiento. De tal manera Ucrania aprendió el concepto del genocidio como la última oferta del sistema. Con tantos intentos por lograr su meta, nos sería impensable no honrar al sistema mediante el reconocimiento del genocidio de los ucranianos. Sólo que algunos seguidores del sistema son tímidos y tendremos que convencerlos de que han cometido un crimen contra la Humanidad.







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